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Ella muy excitada se quitó de la pared, se tumbó boca arriba en el suelo mientras le caía el agua y me dijo; “ponte encima que vas a saber lo que es bueno.” Me puse para hacer un 69. Ella me dio dos o tres golpecitos en la vagina a la vez que me decía “ya verás, se te van a quitar los pelos que te has dejado en el coño de tanto placer que te voy a dar”. Abriéndome los labios me pegó varios lengüetazos en la vagina y lo siguiente que sentí fue como me introdujo sus dedos. Pero no uno o dos. De golpe me metió 3 dedos. Yo dí un respingo y le dije que dolía. Ella con un tono despectivo me respondió que siguiera con mis cosas. En ese momento descubrí que ese 69 de placer mutuo se había convertido en una guerra de mujeres por ver quién dominaba más a la otra y le daba más placer. Me agaché un poco y le empecé a lamer el clítoris a la vez que le introducía dos dedos por su vagina, uno de cada mano. Le abría bien los labios para que dilatase. Ella tampoco se quedaba atrás conmigo y me tenia abierto el coño dándome mucho placer.

Llegó el momento en el que las dos estábamos gimiendo a la vez, pero nuestras voces se quedaban enmudecidas por el coño de la otra. Gemir mientras comes una vagina es complicado, pero a la vez muy placentero. Entramos las dos en una espiral de placer y orgasmos. Se entremezclaban los gemidos, ninguna de las dos era capaz de coordinar los movimientos de sus dedos para seguir dándole orgasmos a la otra. Incluso los flujos vaginales de las dos se entremezclaban en un único fluido viscoso que impregnaba todo el suelo de la ducha.


Después de esa montaña rusa de sensaciones, nos quedamos sentadas las dos en el suelo de la ducha para reponernos mientras el agua de la ducha que caía, iba llevándose poco a poco todos los restos de la lujuria sexual vivida.